martes, 6 de julio de 2010

"Tonta sin remedio"

La semana pasada fuimos con mi mamá y mi hermano a Metrocentro, un centro comercial que a mí en lo personal no me gusta mucho. Ese día, por cosas del destino, no me sentía muy bien anímicamente, pero era miércoles de mitad de precio en el cine y mi mamá quería ir.



Abordamos un bus del transporte colectivo y llegamos al lugar. Después de un rato de andar dando vueltas en todo Metro, almorzamos y, luego, nos dirigimos al cine. Ya habíamos visto casi todas las películas, pero aun así mi hermano quería ver “cómo entrenar a tu dragón”, y así fue, esa vimos.



Para variar la película estuvo bastante divertida. Estuve muy atenta viendo la peli, pero no me sentía bien, estaba resentida con mi mamá ya que ese día, exactamente miércoles, tenía planes con mi amorcito. Mi novio y yo habíamos planeado perdernos un rato por ahí, ir a comer a algún lugar y, como ya dije perdernos en serio, y por esa razón estaba un poco molesta. No pude disfrutar a gusto de la función.



Cuando la peli terminó ya estaba más que harta y ya me quería ir, pero mi dulce madre todavía quería seguir caminando por ahí y comprar unas cosas en el supermercado. Para variar, cuando vamos al súper siempre o casi siempre salimos con bolsas muy pesadas y ese día no fue la excepción. De repente vi que una mirada un poco intimidante se centraba en mi ser, y claro, era mi madre que me veía de pies a cabeza un poco disgustada y empezó a reprocharme; y vos que no haces caso, qué tenés en la cabeza, que te pasa, que no vez el lugar en el que estamos, quítate esas cosas, que nos vamos a ir en bus y vos sabes lo peligroso que, es andar en el transporte colectivo. Y claro, se refería a mi cadenita que me regaló mi chico en mi cumpleaños y mi anillo de graduación, ambos de oro de 14 kilates, pero yo, que aun no sabia de la tanta inseguridad que sufre nuestro país en este tiempo, ignore los consejos o regaños que mi madre me estaba dando y no le hice caso.



Después de un rato de estar paradas esperando a que un bus de la ruta 52 llegara, apareció (maldito bus te odio, nunca en mi tonta vida me vuelvo a subir en esa ruta, por muy necesitada que esté de hacerlo), y yo, como siempre me la quiero llevar de viva, corrí a su encuentro con unas bolsas pesadas en mis manos para ser la primera en subirme y no quedarme sin asiento.



Después de esas grandes estupideces, el bus siguió su camino hacia la Colonia Escalón, iba tan distraída, peleando con mi hermano para que me sacara de las bolsas que él llevaba una chocolatina que mi madre muy amorosamente había aceptado comprarme. Ni mi madre ni yo nos habíamos dado cuenta de que una mujer nos iba viendo muy detenidamente, hasta que llegamos a la parada de Salvador del Mundo me percaté de que la chica nos iba viendo (no muy mayor, una chava de unos 19 o quizá unos 20 años a lo mucho). Yo llevaba mi querido celular en la mano, cuando la vi me apresure a guardarlo rápidamente a mi bolsillo, ella se levantó del asiento y hizo como que se iba a bajar en ese lugar, pero no fue así, solo se fue a unos asientos más atrás en el bus. A la cabeza inocentemente solo se me vino decir qué mujer más rara, me parece conocerla de algún lugar. Qué ingenua fui, cuando el bus sobrepaso Galerías, bastante arriba en la misma calle, pero bastante sola, un chavo se sentó atrás de nosotras y puso las manos en el respaldo de nuestro asiento. Yo no evite volver a ver hacia atrás y luego volví a ver a mi madre, de repente sentí algo con mucha punta en el hombro y escuché al hombre decir dame la cadena. Mi madre se levanto rápidamente del asiento y se aferró a su cartera, yo me quedé paralizada aun sentada en el asiento, lentamente volví a ver hacia atrás y él me dijo “qué me vez, quitate la cadena”. Mi mami, con una cara de susto me dijo “hacelo”.



Y yo, tan linda como siempre, hasta tiempo me tomé en desabrocharme la cadenita de atrás y se la di casi escondiendo mi anillo. “También el anillo”, dijo una voz femenina y temblorosa un poco más atrás. “Rápido, pues”, dijo el nuevamente, también temblándole la mano, y no me quedo de otra más que dárselo. Las personas que iban en el bus se levantaron y se dispusieron a bajar sin que lo consiguieran, porque la mujer les obstruía el paso, él se fue para adelante y le dijo al motorista que detuviera el bus y que le abriera la puerta de atrás para que la mujer pudiese bajar.



Ese fue el susto más grande de mi vida, y por Dios en verdad cómo me arrepiento no haberle hecho caso a mi madre. El único consuelo y alivio que me quedó fue que ni mi madre ni mi hermano ni yo estábamos heridos, y claro, cómo no… mi celular aun seguía en mi bolsillo. Después, cuando llegamos a la casa y ya un poco más relajada, con la mente más despejada, recordé de dónde conocía a la chava, fue mi compañera de clases desde primer grado hasta sexto, después de eso recuerdo que tuvo que dejar de ir porque salió embarazada de otro compañero. Bueno, así es la vida, no queda de otra más que vivirla y tratar de hacerlo de la mejor manera posible.



Adriana B. Pérez H.
Sección 05

3 comentarios:

  1. Las historias descritas están muy buenas, el blog logra cautivar la atención, si se toma el tiempo de leer detalladamente sin duda estas vivencias sirven para reflexionar y darse cuenta, que estas son el diario vivir de nosotros los salvadoreños.

    ResponderEliminar
  2. Cuando ver el pasado ayuda a mejorar el futuro, Al pensar en el futuro solo vemos los fantasmas del pasado que nos dicen que debemos cambiar de enfoque porque en un plazo no demasiado lejano sólo vemos más de lo mismo, Más allá de que el entorno nos puede condicionar, dependerá de nosotros que logremos cambiar y mejor aun con nuestros propios tropiezos.
    La felicito por su blog y tomar su propia vida como ejemplo.

    ResponderEliminar
  3. Hola está super bonito tu blog, me gusta el título mil hojas es bien creativo y esta historia en especial me hace recordar que nada es tan terrible y que de los errores se aprende, te felicito.

    ResponderEliminar